26.6.13

Rayuela (50 aniversario)

Leí Rayuela con veinte años más o menos.  No sé cómo llegó a mis manos, ni quién me la recomendó, ni si era una especie de rito iniciático de los jóvenes culturetas de las facultades de letras.  Lo único que recuerdo, como el chiste de Gila, es lo que me reí.  También era consciente de la irreverencia, ya casi ortodoxa en aquellos años, de leer una novela no lineal, dirigida por un tablero de lectura basado en un juego infantil y popular.  Pero no fue eso lo que me mantuvo pegado a aquel tocho polifónico y semiabsurdo.  Fue la capacidad de manejo del lenguaje de Cortázar, el ritmo de su prosa y, como digo, sobre todo, su humor.  Un humor velado por cierta neblina melancólica o, si se quiere, una melancolía matizada por un humor inteligente, que evitaba que la historia (o historias) central/-es se deslizara/-n hacia el psicologismo, el socialismo y/o el lacrimogenismo.

No soy de los que vayan por ahí recomendando libros de más de ciento y pico páginas y, mucho menos, experimentos formalistas de alta densidad, pero con Rayuela (y unos cuantos más, La vida: instrucciones de uso, por ejemplo) hago siempre una excepción.

Los críticos han dicho ya muchas (demasiadas) cosas sobre Rayuela, así que no los castigaré con una más.  Solo les digo a quienes no la hayan leído que lo hagan, que se desprendan de prejuicios anti-intelectuales y que se sumerjan en esta especie de enciclopedia de la vida que hace que el lector acabe convirtiéndose casi en protagonista.  Es como un vídeo-juego, pero sin vídeo y sin disparos que revienten cabezas de zombies.

25.6.13

6,5

Dice el ministro que piensa (pausa para pensar nosotros también en lo que acabo de escribir) que los becados que no superen el 6,5 deberían (¿van a?) perder la ayuda que el estado les proporciona.  De modo que si un alumno está repartiendo hamburguesas o sacando perros a defecar debe estudiar más que los que no tienen que sacar hamburguesas a defecar o repartir perros.  Pobres pobres, tan ilusionados con su selectividad aprobada y sus notas brillantes de cuando no tenían edad laboral.

La barrera del 6,5 es tan discutible como cualquier otra.  Lo mismo podría haber dicho  7,1 o 5,8.  Total, puestos a decir arbitrariedades lo mismo da veinte que ochenta.

La cuestión de fondo es que al gobierno no le agradan mucho los pobres que quieren estudiar si no son notables (¿nobles?) o sobresalientes. Lo ocultamente injusto del asunto es que la universidad ya está subvencionada de forma general y que las tasas solo cubren una parte del gasto total de su funcionamiento.  De modo que los no becarios que anden mariposeando por los campus, saltando de carrera en carrera gracias al apoyo incondicional de mamá y papá, pueden despilfarrar el dinero de los padres de los becados, quienes, aunque pobres, pagan sus impuestos sobre las rentas del trabajo y cada vez que compran un yogur, de esos que ahora no se sabe muy bien cuándo caducan.

Así que yo propondría que los no becados que no superen equis asignaturas o saquen menos de... ¿está bien un 9,6? abandonen la universidad pública y se vayan a la privada a pagar el importe total de las tasas de matriculación.

Vale, era broma.  No me sale bien hacerme el demagogo.

24.6.13

Simplicidades


Existe un test "neuropsíquico" muy simple pero efectivo.  A los participantes se les muestran palabras que designan colores, escritas en colores: el adjetivo "rojo" está escrito en rojo, el adjetivo "verde", en verde, etc.  En cierto momento la cosa cambia y la palabra "rojo" aparece escrita en azul, "verde" en rojo...  Y entonces empieza el espectáculo.  Los cerebros "normales", ante la pregunta "¿de qué color es esta palabra?", invierten una cantidad pequeña (pero medible) de tiempo en responder y en los escáneres cerebrales se refleja un incremento de actividad neuronal.  Es el instante de la duda.  Sin embargo, y aquí viene lo interesante, los psicópatas no.  Ellos ven la palabra "marrón", rechazan la paradoja y afirman sin dudar, instantáneamente, que está escrita en color marrón, así esté trazada con purpurina o con un lápiz de esos que pinta multicolóricamente.

A partir de estos resultados, los neuropsicólogos han llegado a la conclusión de que el psicópata presenta una tendencia reduccionista y simplista.  Considera que los matices y las diversidades morales, intelectuales o ideológicas son algo prescindible y erróneo.  Practica un pensamiento de trazo único y grueso.  Y luego pasa lo que pasa, llámese Columbine, Newtown, 11-S o como toque.

Lo simple no es malo. Lo malo es a qué tipo de simpleza se llega, por qué caminos y con qué fines.  Hay quienes la buscan tras años de estudio y reflexión para alcanzar una mayor efectividad en el arte (haikus, abstracción, microrrelatos, E=mc2, minimalismo, epigramas, cortometrajes, máximas, refranes...) o en la organización de entidades y centros de trabajo.  Y hay quienes la encuentran, debido a un déficit neurológico o a un trauma emocional, a los diecisiete años en una página web, en un cómic o en un libro escrito hace mil quinientos años, y la usan para asesinar inocentes.
Simplificar la burocracia o despojar un poema de florituras (como propusieron Jorge Guillén o Juan Ramón Jiménez) no es lo mismo que reducir la ratio de un instituto con armas semiautomáticas y granadas de mano.

23.6.13

La música del cielo


Anoche la luna estaba llena y grande, según dicen los astrónomos.  Lucía sola y soberbia y no dejaba ver (al menos en la ciudad) nada más en el cielo.
Hoy es la noche de las hogueras.  Hace poco fue el solsticio (no el equinoccio) de verano.
En mi casa (y en otras) son días de aniversarios de vidas, muertes y resurrección.  Hace un año vaticiné esto: http://montecoronado.blogspot.com.es/2012/06/sin-titulo.html.  Y ayer sucedió esto:

Mi madre tocando ayer las castañuelas en un acto.  Es la que mira al cielo sonriendo.
Mi padre a la derecha al cajón flamenco.  Cosas veredes.
La lucha que observo en las personas de mi entorno no es vana.  Unos luchan contra el tiempo y otros contra el espacio; contra el equilibrio o contra la soledad; contra el cansancio o contra los monzones.  Poco importa. La victoria solo está al alcance de la mano de los que la buscan.  No es fácil (¿quién lo prometió?), pero tampoco es imposible.

Parece que todo se conjura para hacerse un tanto cósmico y trascendente.  Por eso me ha gustado especialmente este artículo que habla de la música del cosmos, una vieja idea pitagórica que renace gracia a la tecnología.   Música y ciencia, verbenas y solsticios, ser humano y universo...
Vaya, estoy deslizándome peligrosamente (?) hacia el panteísmo.
http://saturn.jpl.nasa.gov/multimedia/videos/audio/Saturn_Calling.mp3

21.6.13

Solsticio estival

Tarentola Mauritanica
(no es la de mi terraza)
Llegó el verano, tiempo de hamacas y medusas, de verbenas y tardes infinitas, de maletas, mochilas y merenderos.

Dicen que este no será tan caluroso.  Ya veremos.  El tedio tiene la lengua muy suelta.

Yo nací en verano, en terral y en los sesenta.  No había aire acondicionado, a pesar de que, dicen, lo inventó William Haviland Carrier cuando mi abuela tenía dos años.  Y no lo hizo para refrescar a las personas, sino a una imprenta que se calentaba demasiado.

Nos quedan tres meses de conversaciones banales y semiamnésicas del tipo: "Yo no recuerdo tanto calor como el que ha hecho esta noche".

Las primeras generaciones de mosquitos ya está tomando posiciones en nuestros dormitorios.

Las paelleras están relucientes; los hidropedales, las norias y los carretes de las cañas, engrasados.

Las heladerías abren las carpetas de los currículos.

Al sacudir los flotadores caen en el suelo del trastero muestras de arena del verano pasado.

Repasamos las fechas de caducidad de los protectores solares y nos damos cuenta de que vemos un poco menos.

Guipamos de soslayo (que diría Valle-Inclán) las barrigas en el espejo.

Carreteras, camareros, aeropuertos, recepcionistas y estaciones tiemblan.

Los dueños barren el camping.

Las hormigas pululan entre las macetas.

La salamanquesa de mi terraza ha regresado (¿es la hija?).

Limpiamos con vaho las gafas de buceo.

Apoteosis melancólica del botijo y el abanico.

Adiós, calcetines.

Como todos los años dejo aquí un poema de Múltiplos de uno que, como diría Cervantes, viene pintiparado:



CONSAGRACIÓN DEL VERANO


Pasamos un verano cojonudo:
tú alquilabas delfines a Neptuno,
yo guardaba tu risa en caracolas.

Hacíamos castillos con las algas
que vendían muchachos en pelotas
y después de asediarlos con los muchos
revolcones de amor nos escribíamos
poemas instantáneos con los dedos
en la orilla carnosa que las olas
dejaban al volver al rebalaje.

Por agosto hicimos la paella
de hipocampos y moras y un bañista
se lanzó de cabeza a una tinaja
desde aquella avioneta anunciadora
que los lunes lanzaba polos gratis.

A la sombra rayada de un cañizo
oímos una tarde de septiembre
callar a la juke‑box del merendero.
Un nativo moreno fue plegando
las hamacas y los hidropedales
pusieron sus dos proas rumbo al cielo
para así despedirse de sus primas,
las bicis, que al revés sobre las bacas
volvían a hibernar a los desvanes.

Olor a sacapuntas y a libretas
nos trajo desde tierra un viento triste
que nos puso la carne de gallina
nos hizo apetecer un buen caldito
y aireó las rebecas del armario.

20.6.13

Cristianismo y civilización occidental

Tienen más razón que un santo los que argumentan que sin el cristianismo no se puede explicar la civilización occidental y mucho menos la española.  Este axioma está siendo utilizado para justificar el futuro auge de la asignatura de Religión Católica en la LOMCE, última de una larga letanía legislativa que empezó allá por el año setenta (por no ir más atrás).

Lo que sucede es que para explicar la cultura española y occidental también hay que conocer a fondo otros sustratos culturales y religiosos.  A saber: el paganismo romano que dominó el imaginario religioso hispano durante unos cuantos siglos, sustituyendo parcial o totalmente a las anteriores creencias celtas, iberas, fenicias y griegas; el judaísmo, que está presente en estas tierras desde antes de la llegada del cristianismo y que, por medio de los conversos, en cierto modo explica aspectos de la cultura española de los siglos XVI y XVII; el islam, religión muy extendida durante cinco, seis o siete siglos (depende de la zona) por toda la península que luego acabó llamándose Portugal, Andorra, España y Gibraltar (depende de la historia); el protestantismo, de corto recorrido en la España de Felipe II, pero que generó grupúsculos de valientes que sucumbieron a los autos de fe; las ideas ilustradas racionalistas, agnósticas, teístas y/o ateas, que alentaron las constituciones y revoluciones de los dos últimos siglos; el fascismo que, aunque breve y superficialmente, animó diversos movimientos políticos del siglo XX; el comunismo, el socialismo y el anarquismo, que movilizaron (y siguen haciéndolo) a (gran) parte de la población española, et caetera.

De modo que, puestos a explicar, faltan por explicar muchas cosas. Además, muchos sospechan (algunos profesores de religión incluidos) que la asignatura de marras no se ha utilizado ni se va a utilizar para "explicar" catedrales, cantos gregorianos y demás rasgos "culturales".

Somos lo que somos debido a un ingente cúmulo de condicionantes geográficos, raciales, religiosos e ideológicos.  Resaltar (¿privilegiar?) uno de estos condicionantes resulta, cuando menos, tendencioso, reduccionista diría, si no fuera por lo pedante que suena.

18.6.13

La tiranía de los porqués

Preguntar "por qué" suele ser considerado un signo de inteligencia entre los mayores y una especie de fase de la psicología infantil.  Los mitos, la religiones y la ciencia se han tirado milenios dando explicaciones a lo que sucede en la naturaleza y en nuestro interior.  Unas son más válidas, razonables, bellas, arbitrarias y comprobables que otras.
Pero al final siempre, como dijo Bécquer, habrá un abismo que se resista, y entonces hay que empezar a asumir la existencia en sí misma, la llamemos caos, azar, entropía, cisne negro o gato de Schrödinger.
Y es que andamos siempre buscando explicación para lo que quizá no la tenga.  El caso más evidente es el de la muerte.  Cuando fallece alguien de manera no natural (accidente, enfermedad repentina, muerte prematura...) inmediatamente repasamos un catálogo amplio y secreto de causalidades: "Es que bebía mucho...", "Es que se echaba mucho desodorante...", "Es que no hacía ejercicio...", "Es que iba siempre como loco...", "Es que vivían en un séptimo...", "Es que no miraba dónde pisaba...".  Todo con tal de no reconocer que la persona que ha muerto quizá haya muerto porque sí, porque estaba viva.  Todo con tal de autotranquilizarnos creyéndonos fuera de esa red de causalidades que matan a las casualidades.
No se trata de buscar peores razones astrológicas o fáticas (del sino o fatum).  Tampoco propongo la lobotomización personal ni colectiva.
Más bien me inclino por aceptar y centrarnos en cambiar lo que esté en nuestras manos, en lugar de buscarle los tres pies al gato (de Schrödinger) o inventarnos porqués donde no los hay.
Moraleja cutre y provisional: menos porqués y más "y-ahora-qués".