28.2.12

Paseo por Arashiyama

Esta entrada es como una segunda parte de la que publiqué en Navidad. Estas son las fotos del móvil.  Las de la cámara todavía no las he descargado.  Amenazo con colocarlas otro día.

Salón de té con ventanales al bambudal.


Paseo entre bambúes.


 Una argentina (suponemos) dejó esta nota en un cartel del camino qne el que avisaba a una amiga para que la esperara.

Creemos que en este cartel se pide que devuelvan un IPhone 4 que se ha perdido. Lo investigaremos.


Anochecer en Arashiyama.


Menú del restaurante en el que cenamos, ya por aquí en el barrio.


Yakimo

`Yakimo´ es `batata´ en japonés.  Anoche volviendo de cenar en medio de una nieve escasa encontramos al fantasmal vendedor de batatas.  He aquí el vídeo de la transacción comercial que realizamos con él.

video

26.2.12

Pre-Japón

No hace falta pasar el control de aduanas y salir verdaderamente a Japón para poder apreciar la servicialidad y eficacia de este pueblo.  Por la ventanilla del 777 ya vi en la pista una fila de contenedores para las maletas perfectamente alineados, esperando que el avión se detuviera para empezar a descargar.  No había sacado el bolso del compartimento superior cuando ya se oía el traqueteo del equipaje.  Por supuesto que cuando llegué a la cinta ya estaban las maletas dando vueltas desde hacía un rato.  Salió la primera, pero la segunda se hacía esperar.  Entonces veo que una muchacha de uniforme se acerca hacia mí con un folio en el que iba escrito mi nombre.  Me identifico y me dice en inglés que ha habido un problema con mi segunda maleta.  Me pregunta si llevo botellas.  Le digo que sí y me temo lo peor.  En efecto, habían separado la maleta y estaba rodeada de toallas.  Era como un asesinato de Rioja. Una botella de crianza se había roto y había armado un estropicio espectacular entre las cosas.  La muchacha estaba nerviosísima y no paraba de traerme toallas, como queriendo parar una hemorragia de vergüenza ajena.  Porque no había ningún dato para pensar que la botella se había roto en Osaka y no en París o en Málaga.  Parecía que ella era la culpable y no paraba de disculparse.  Me trajo más toallas, y bolsas y más toallas y más bolsas.  Recompuse como pude el panorama y salí camino de los aduaneros, los cuales, al ver la que se había liado, ni me pidieron que la abriera ni nada.  Bastante tenía ya con el olor a taberna que iba a dejar desde el aeropuerto a Kioto.
A la corresponsal que fue a esperarme también le pasó una anécdota con los billetes de ida y vuelta del tren.  Ella se equivocó, pero ellos lo arreglaron con una sonrisa y encima no tuvo que pagar nada de más.
Ni viéndolo cientos de veces termino de acostumbrarme.

24.2.12

El delgado hilo de seda

Unas horas antes de partir de nuevo hacia oriente, quiero reseñar el último libro que he leído.  Se titula Religions of the Silk Road y su autor es Richard Foltz.  Se trata de un repaso de diverso interés a todas las religiones que pulularon por la famosa ruta de la seda, que unía China con Persia y Persia con Bizancio y Roma...  Hay muchísimos datos de interés acerca de la mezcolanza y la convivencia de judaísmo, cristianismo nestoriano, cristianismo occidental, budismo, taoísmo, islam, zoroastrismo y maniqueísmo.  Folks insiste mucho en la multiplicidad, en la hibridación, que hacía que a veces se tuvieran por cristianos a los maniqueos o que se confundieran taoístas con budistas o a éstos con cristianos.  Habla también de la permisividad mongola, a la manera romana, que permitía a cada etnia practicar su raza, y del interés de algunas dinastías chinas por todo lo exótico y occidental.
Resulta un panorama muy interesante, que disuelve las fronteras dogmáticas y que, como dice el autor en el último capítulo, nos puede servir de modelo en este mundo nuestro glogalizado.
Se puede decir, y permítaseme el chiste, que, salvo raras excepciones, las relaciones interreligiosas en la ruta de la seda iban como la seda.
Ese hilo de caminos, con sus comerciantes, sus monjes, sus embajadores papales y sus sabios itinerantes es el que voy a seguir desde el cielo dentro de un rato.  Aunque quizá al comandante de Air France le dé por subirse al Ártico por aquello de que la Tierra por arriba es más estrecha, como buena esfera, más o menos achatada, que es.

Recital

El miércoles 22 o de ceniza tuvo lugar en el I.E.S. Romero Esteo un recital basado en los textos poéticos que escribe un servidor de ustedes.  Conté, como ya pasó en la presentación de A estas alturas, con la inestimable colaboración de Susana Fernández, Monti Cruz, José Miguel Ruiz, Eduardo Retamero y Emilio Lobato.  Este último se dedicó unos cuantos minutos a piropearme sin fundamento, pero no quise llevarle la contraria demasiado, pues iba a quedar mal.  Luego empezó el recital propiamente dicho y se inauguró con la lectura de "Consejo vital", a cargo de Antonio Aguilar.  Como le dije al público, aquello fue una demostración más de que los demás leen mucho mejor los poemas que uno mismo escribe. Fue un momento intenso en el que me puso a la altura (guiño subliminar) nada menos de que Antonio Machado y César Vallejo.  Los cantantes y cantantas estuvieron sembrados, los instrumentistas también y el público correctísimo y colaborador. Los asistentes siguieron mis palabras en un cuadernillo magnífico que elaboró el también saxofonista Emilio Lobato, hombre del Renacimiento donde los haya.  Al final, hasta me atreví a puntear en una canción con el ukelele (cosas de aficionados).
Todo fue rematado por un chocolate con churros, gentileza de la dirección del centro.
Me encantó la pantalla informativa que había en el hall, en la que se mezclaba poesía y manutención.

20.2.12

Queridos lectores

Apenas sé nada de ustedes.  Los escritores de blogs o blogueros no hacemos estudios de mercado, ni recibimos encargos para escribir novelas pre-premiadas.  Tampoco cobramos; yo al menos no, aunque los hay que colocan publicidad para sacar unos cuartos.  La única que tengo es de mis libros (a eso he venido yo aquí, que dijo aquel malhumorado novelista) y de la asociación de Paraparesia Espástica Familiar, a la que pertenece, valga la redundancia, un familiar mío.  No descarto en un futuro cada vez más recortado completar mi estipendio con publicidad de restaurantes de sushi.  Así que nos parecemos más a los perroflautas, a los mimos estatuarios y a los violinistas ucranianos que tocan delante de Zara o del Mercadona.  O peor, porque en verdad nadie nos obliga a escribir nada.  Lo hacemos por amor.  Por amor en general.  No por amor al arte, que se ha convertido en un negocio disparatado de subastas inverosímiles.  Lo hacemos por...  Bueno, déjenme dos o tres años para pensarlo.
A veces me asomo a unas gráficas que proporciona la empresa en la que está alojado este blog y veo que residen ustedes en Estados y el Reino Unidos, en Francia, en México, Argentina, Perú, Colombia, Italia, Alemania, Japón, Rusia...  También sé que usan más Explorer que Mozilla y que Chrome; que son más de Windows que de Mac; que buscan cosas en Google sobre Hokusai o sobre la campana de Gauss y se topan con estas entradas mías, en el doble sentido de la palabra.
A unos pocos y pocas los conozco.  Son gente de bien, antiguos y viejos amigos, compañeros de fatigas, familiares ociosos, comentadores de Ocaña, corresponsales en Oriente...
Pero eso es todo.  Sé que entran unos setenta de ustedes diariamente, que husmean, picotean, se sacian y se van a picotear y husmear a otras e-partes.
Nada más.  Pocos comentan, salvo el comentador, la corresponsal y los seguidores de Facebook.
Hay entradas que tienen más éxito que otras, ya sea por razones sentimentales (de ustedes) o por estar más cargadas del wasabi del sarcasmo.  Lo ignoro.
De cualquier manera, gracias a todos por estar ahí aguantando las salidas de tono, las redundancias, la niponfilia recalcitrante, las fotos movidas del telescopio, las pedanterías intelectualoides, los chistes con más o menos gracia y lo demás.
En ocasiones me gustaría que fueran más visibles, más activos y respondones, pero bueno, ustedes son así y a estas alturas ya no van a cambiar. ¿Qué más les puedo pedir? Virgencita, quedémonos como estamos.

17.2.12

La tiza

Muchas veces los compañeros de trabajo nos advertimos unos a otros con la redundante y solidaria frase: "Te has manchado de tiza".  Esas manchas blancas que nos delatan como docentes en el supermercado son como las rojas del torero valiente, que se arrima y al que le pasa el toro rozando la taleguilla. El profesor manchado de tiza demuestra que se mete en harina, que está a pie de pizarra, en ese espacio casi teatral al que tanto temen casi todos los alumnos.  La orden "Rodríguez, salga usted a la pizarra" hace estresarse a Rodríguez y relajarse momentáneamente al resto.
Contrariamente a la pizarra, la tiza siempre ha sido un objeto querido por los alumnos, ya sea como proyectil improvisado o como pincel monocromo.  Lo mismo le pasa a su compañero el borrador, que igual sirve para jugar al hockey polvoriento, que para escribir por las paredes el nombre de la chica o el chico amados, con píxeles enormes y rectangulares.
Pero corren malos tiempos para la tiza.  Hace años sufrieron el embate de los rotuladores y de las pizarras blancas.  Resistieron.  La tiza necesita de una presión y una lentitud artesanales que la velocidad del rotulador no da, lo que provoca una caligrafía acelerada y descuidada que a muchos no nos agrada demasiado.  La tiza hay que saber usarla.  Muchos alumnos la cogen como un lápiz y provocan un rechinar que pone los pelos de punta a toda la clase.
Y ahora está siendo atacada por las nuevas tecnologías.  Las pizarras digitales en las que se puede escribir, proyectar, oír, navegar...  son un artefacto muy útil, pero extraño, a medio camino entre una veleda y una farola.  Reivindico que, en homenaje a tantos años de servicio, ese bolígrafo digital que traen para escribir en ellas sea llamado tiza digital, e-tiza o tiza a secas, como la pluma estilográfica se llama ahora pluma a pesar de que no haya sido arrancada de las alas de ningún cuervo.
Casi se me olvidaba comentar el uso más placentero de la tiza: perderse cinco o diez minutos de clase para ir a por ella.  Qué paz, qué sensación de libertad e ingravidez tiene el delegado cuando sale del aula y deambula por los pasillos vacíos y silenciosos, como un astronauta en un paseo espacial.  Y con un poco de suerte se encuentra con esa chica tan guapa de la clase de al lado, a la que nunca se atreve a hablar, pero que el destino ha colocado junto a él en el camino de la conserjería, de la vida.

OTRAS ENTRADAS SOBRE EDUCACIÓN: AQUÍ

16.2.12

Urgencia y paciencia

Creo que no conté en su momento que estas navidades tuve que recurrir a los servicios de urgencia hospitalarios en Japón.  Mis queridas piedras renales hicieron acto de presencia a los dos días de llegar y me hicieron la Pascua en el doble sentido de la palabra.  Acudimos a un hospital cercano (Kakuwakai Marutamachi Hospital) y desde el primer momento comprendí que nada iba a ir mal.
En poco tiempo nos pasaron a la doctora de guardia que hablaba un inglés un poco más decente que el nuestro.  Me realizaron análisis, exploraciones, preguntas y ecografías (por cierto, con el gel precalentado para evitar desagradables sensaciones térmicas).  Detectaron la piedra y me mandaron a casa con un tratamiento consistente en medicinas que el mismo hospital proporciona en la dosis justa.  Cuando íbamos a salir, pedimos que nos escribieran la dirección exacta para poder volver en caso de necesidad, pero nos sorprendieron dándonos una tarjeta con banda magnética en la que aparecía mi nombre grabado en caracteres katakana.  Como el dolor no se acababa de ir, volvimos a los cuatro días.  Cuando estábamos en la sala de espera, apareció un enfermero de unos cincuenta años que se colocó delante de nosotros, inclinó el tronco a la manera japonesa y nos dijo en español: "Hola, ¿cómo están?".  Habían buscado a un traductor para que las entrevistas con los doctores fueran más fluidas y no hubiera ningún malentendido.  El hombre había viajado por Hispanoamérica y también había sufrido una enfermedad durante el viaje.  Confirmaron el diagnóstico anterior y me volvieron a dar las medicinas, añadiendo esta vez algunas que iban a ayudar a expulsar la dichosa piedra.  Dado el nivel de eficacia y amabilidad, pedimos una cita con el urólogo para recabar el pronóstico de un especialista.  En menos de quince minutos realizaron análisis de orina y radiografía.  Todo con una normalidad y fluidez que resultaban tan terapéuticas como los mismos medicamentos.
Pues bien, ahora quedaba el problema económico.  Yo pagué las facturas de estos servicios (por cierto, mucho más baratos que aquí) y ahora puedo ir a reclamar estos gastos a MUFACE, que, como algunos sabrán, es la Mutualidad de Funcionarios Civiles del Estado.  Ya he ido dos veces.  La primera me tuve que salir dado el ingente número de personas que quedaban por atender.  Esta mañana he regresado y me han dado el impreso para la devolución. Les he explicado que las facturas están en japonés.  Me han respondido que tengo que traducirlas y adjuntar una declaración jurada.
Y así las cosas va a resultar más fácil curarse que cobrar la cura.  No sé si será más efectivo ir a Kioto, pedir duplicado de las facturas en inglés y traducirlas yo al español.
Si consigo que me las abonen, volveré a creer que hay un futuro para España y su funcionariado.

12.2.12

Cantar

García Márquez, en el maravilloso texto que recita para el disco Querido Pablo, dice que no hay alegría más grande en el mundo que cantar.  Y no dice "saber cantar", sino simplemente "cantar".  Coincido con él en que algo hay en el hecho de cantar que trasciende la palabra.  Si no fuera así, ¿cómo íbamos a soportar óperas en alemán, rock en inglés, baladas en francés y chirigotas en gaditano?  Cuando la gente está muy triste, canta.  Cuando estamos alegres, cantamos, aunque esté lloviendo a cántaros sobre la ciudad (y bailamos, y nos agarramos a las farolas, y salpicamos a los policías).  Cuando limpiamos, cantamos.  Cuando nos duchamos, cantamos.
Otra asunto son los cantantes.  Los profesionales no sólo cantan, sino que hacen cantar a los demás por dentro.  Eso ya es un don.
Por ignotas ¿y paradójicas? razones estoy más o menos bien dotado de oído musical.  Toco cualquier instrumento que me pongan por delante, sobre todo de cuerda o teclado, pero a la hora de cantar hay algo que, si bien no me hace desafinar, me impide llegar a muchas notas altas o bajas.  Un defecto de fábrica de mi aparato fonador.
Han coincidido en estos días varias noticias de cantantes que han dejado de cantar.  Una es la diva del pop/soul Whitney Houston, a la que vimos protegida por Kevin Costner en aquella ñoña película de los noventa.  Tenía una voz portentosa, surgida, cómo no, de esos coros de góspel que tanto han aportado a la música popular de los Estados Unidos.
Pero antes hubo otra noticia de menos relumbrón (en España), la enfermedad de Georges Moustaki, uno de los más grandes cantautores europeos del siglo XX, que lo ha obligado a retirarse.  Su voz no servía para alargarse treinta segundos como la de Houston, pero paseaba suavemente sobre nuestras almas, lanzando mensajes que nunca olvidaremos:

Con mi alma que no tiene más
la mínima posibilidad de salvación
de evitar el purgatorio
Con mi cara de extranjero
de judío errante, de pastor griego
y mis cabellos a los cuatro vientos.
Y luego una voz que regresa.  El nuevo disco de Leonard Cohen (Old ideas)1 es un homenaje al blues y a la simplicidad, algo así como un himno zen de Alabama.  Transmite una serenidad profunda e intensa que nos desgarra y nos sana por el mismo precio:
Show me the place where you want your slave to goShow me the place, I've forgotten, I don't knowShow me the place for my head is bending lowShow me the place where you want your slave to go
Show me the place, help me roll away the stoneShow me the place, I can't move this thing aloneShow me the place where the word became a manShow me the place where the suffering began

Muéstrame el lugar donde quieres que vaya tu esclavo.
Muéstrame el lugar que he olvidado, no sé por qué.
Muéstrame el lugar donde reposar mi cabeza.
Muéstrame el lugar donde quieras que vaya tu esclavo.
Muéstrame el lugar, ayúdame a apartar la piedra.
Muéstrame el lugar, no puedo mover esta cosa solo.
Muéstrame el lugar donde la palabra se hizo hombre.
Muéstrame el lugar donde empezó el sufrimiento.
(trad. de un servidor, asesorado por diversos diccionarios on line)

Les dejo, que tenemos esta tarde el ensayo del recital que daré(mos) el día 22 y voy a rodearme de cantantes.  Yo sólo llevo mi libro de poemas y mi ukelele, por si me dejan meter algún acorde.
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1.- También es serendipia que el disco de Cohen se llame casi como esta entrada del blog.  O no, que el título del disco ya era público antes.  ¿Subconsciencia, inconsciencia, plagio?

10.2.12

Ira

Cuando el Papa Gregorio Magno hizo la famosa lista de los siete pecados capitales allá por el siglo VI no olvidó la ira, ese afán de (auto)destrucción instintivo que el ser humano tiene que aplacar a golpes de civismo y coerción sagrada o profana.
Desde que aquel muchacho se cargó a su hermano con la quijada de un burro, no han faltado airados de todas las latitudes, razas y épocas.  El mismísimo Jesús de Nazaret incurrió en ella una tarde que se lio a patadas con los tenderetes del templo.  "Agarradme, que lo mato", decían en mi barrio. 
Tenemos que asumir que la ira y la violencia forman parte de las sombras que proyectamos las personas al erguirnos sobre la faz de la Tierra.  Y así lo entiende el, hace poco comentado, filósofo René Girard.
La semana pasada celebramos en el centro una serie de actos en torno al día escolar de la No Violencia y la Paz.  Cuando el equipo de orientación me pidió una idea, me acordé del amigo Alcalá y de un videoclip que, junto a su compañero Koffy, hicieron sobre el tema "Ira" de su disco Seven, basado en al lista que construyó Gregorio Magno hace catorce siglos.
Así que me puse en contacto con ellos y los invitamos a actuar y charlar con los alumnos del centro.  Fue una experiencia fructífera para todas las partes.  En la ronda de preguntas intervine para barrer para casa y hacerles ver a los alumnos en interés de las letras del rap (por lo menos del que hacen ellos), incidiendo en la estrecha relación de este género musical con la literatura y en la gran cantidad de alusiones cultas a libros y películas, ocultas tras el aspecto más o menos underground de los poetas.  Ellos replicaron a mi intervención diciendo que para escribir las letras lo que hacen es, antes que nada, leer.  Y así matamos dos pájaros (válgame la paradoja violenta y antiecológica) de un tiro, porque abordamos transversalmente la cultura de la no violencia y la animación a la lectura.
Aquí les dejo con el vídeo en cuestión:


9.2.12

Summum ius, summa iniuiria

No seré yo el que le enmiende la plana, como si estuviera en la barra de un bar, al mismísimo Tribunal Supremo.  Dios me libre.  El que la hace la paga.  A lo que se puede replicar que el que la paga no la hace.  Los preparadísimos abogados del caso Gürtell han afilado sus más incisivos instrumentos a golpe de talonario para exigir el máximo derecho (summum ius) y que acabe impartiéndose la máxima injusticia (summa iniuiria).  No son pocos los jueces que han prevaricado, dilatado y sobreseído causas inmobiliarias y/o políticas y a ninguno se le ha aplicado el correctivo que se le ha aplicado precisamente al juez que encarceló ministros, desmontó bandas de narcotraficantes, acosó a terroristas, imputó a dictadores e intentó dar entierro decente a las víctimas de aquella guerra que llamaron civil a pesar de su evidente incivismo.  Los ha habido que incluso se han atrevido a poner por escrito que no es delito amenazar con cajas de pino (o de olmo) a las mujeres maltratadas.
Me recuerda esta situación a la trifulca jurídica de El Mercader de Venecia.  El cruel Shylock tiene derecho, como habían pactado, a cobrarse una libra de carne del cuerpo de Bassanio, a quien ha prestado su dinero.  Es legal y allá que va con el cuchillo.  Por suerte, en el último momento el gran dux de Venecia le advierte al legalista Shylock que, si bien puede cortar una libra de carne, no puede derramar ni una gota de sangre de su deudor, pues esto sería un delito.  De esta forma el pacto se deshace y la justicia vuelve a resplandecer.
No sé cómo extrapolar este final a la situación actual, pero albergo la esperanza de que algo pase, algo que sea tan legal (o más) que el veredicto del Tribunal Supremo.

NOTA DRAMATÚRGICA A POSTERIORI: Dado que cada vez es más patente y extensa la trama que investigaba el juez ajusticiado, aplíquense aquí aquellos versos de Calderón de la Barca: "que errar lo menos no importa / si acertó lo principal" (El alcalde de Zalamea)

7.2.12

Luna nublada

Aprovechando que me acaban de limpiar la cámara y que esta noche parece que ha subido un poco la temperatura, he salido a hacer unas fotos de la Luna, que jugaba a esconderse tras unas nubes que vienen del norte, empujadas por ese frío que va a volver mañana.  Todo a golpe de trípode, sin telescopio ni cartón.







4.2.12

Salto mortal

Al final, me he liado la tradición a la cabeza y he dado el salto al libro electrónico.  De entre tanta oferta he optado por el Kindle más barato y por el momento no me puedo quejar en absoluto. Permite leer archivos de texto de tu PC que jamás en la vida ibas a leer en la pantalla, ni para los que ibas a gastar dos cartuchos de la impresora. Los puedes cargar por USB o mandarlos al aparato por correo electrónico.  Incluso hay unos subprogramas de algunos navegadores que te permiten enviar al lector lo que estés leyendo en cualquier web.
La visibilidad es idéntica (o mejor) a la de un libro de cartón y papel.  Permite cambiar el tamaño de letra y el interlineado.  Recuerda la página por la que vas.  Marca el pico de la página y hace subrayados y anotaciones.  Tiene incorporados diccionarios que dan definiciones en el momento en el que pones el cursor al principio de una palabra.
El libro es un objeto cuya valía y aportación a la historia de la humanidad nadie va a discutir, pero tampoco seamos más papistas que el Papa.  Muchas obras de la literatura y del pensamiento universal no fueron creadas para estar (y/o quedarse) en un libro.  Ahí están para demostrarlo la Biblia, el Cantar de Mío Cid, la Odisea, la Ilíada, el Corán, el pensamiento de Sócrates o de Buda, casi todo el teatro que conocemos, que fue escrito para ser memorizado y representado, y la poesía, que hasta la Edad Media fue siempre la letra de las canciones que cantaban el pueblo o los trovadores palaciegos.  Tampoco se leyeron en libros muchas de las novelas del siglo XIX (Dickens, Dumas, Stevenson, Salgari...) que se publicaban por entregas en los periódicos.
El primer libro en desaparecer ha sido la enciclopedia, esa especie de adorno que servía para asentar los muebles y para que los simpáticos personajes que las vendían desarrollaran su cháchara interminable.  Luego han venido los libros electrónicos escolares, que este año vamos a empezar a usar experimentalmente en mi centro. Y a continuación caerán las novelas, los libros de autoayuda, los de poesía...  Y será el fin de las bibliotecas y de los marcadores y de los libreros, que de todas formas, ya estaban a punto de perecer en el piélago de las grandes superficies. Esto, por supuesto, no significa el fin de la literatura que, como digo en la clases, no hay que confundir con la papelería. Hay literatura en el cine, en los chistes, en la televisión, y hasta, como decía Borges, en cualquier parte en la que haya alguien hablando.
Pero no se preocupen, que todavía queda libro de papel para rato, por lo menos hasta que los vendedores de e-books no se den cuenta de que un 33% de rebaja no es suficiente acicate para el gran público.
Paradójicamente (o no) los primeros compradores de libros electrónicos estamos siendo los que más libros de papel tenemos acumulados en las casas, pues vemos cómo crecen las estanterías amenazando con expulsar a sus habitantes humanos.
Los libros electrónicos también se pueden e-prestar, como los otros, pero, según parece, uno tiene asegurada la e-devolución.  De modo que aquel adagio ("Quien presta un libro a un amigo pierde el libro y el amigo") dejará de tener vigencia de aquí a diez o veinte años.
Los detractores del e-reader indefectiblemente sacan el mismo argumento: el olor.  Y es verdad que el Kindle o el Inves o el Sony no huelen. Pero yo me pregunto, ¿sacrificaremos la comodidad y la accesibilidad a miles de libros gratuitos por el olor?  Yo me tapo la nariz y me sumerjo en este nuevo océano en el que, de todas formas, acabaremos nadando más temprano que tarde. Y si quiero oler a tinta y a papel, pues me compraré un kit de caligrafía japonesa en Kioto y lo abriré de vez en cuando.
Por cierto, ¿no fue allí donde se firmó un protocolo en el que se proponía reducir la destrucción de los bosques con los que se hacen el papel y las estanterías?