22.11.11

El Monte Coronado explicado a los japoneses

He enviado al blog Paralelo 36º de Osaka este texto en el que explico el nombre de este otro blog que ahora están leyendo:

"Como saben los lectores de "Paralelo 36º", en España publico un blog que se titula "Monte Coronado". Quisiera contarles la razón de este nombre y para ello me tengo que remontar hasta mi infancia.
Corrían los años finales los sesenta. España era un país en blanco y negro, que iba tomando color gracias a los turistas y a la decadencia natural de un régimen político, el franquista, que carecía de futuro en el contexto de la nueva Europa unificada. La gran expansión económica que siguió a la Segunda Guerra Muncial llegó a España tarde, pero llegó. Las ciudades crecían, la población crecía y ya no era posible vivir en aquellas pequeñas ciudades pueblerinas, que parecían casi del siglo XIX. Fueron los tiempos del baby boom. Nacimos muchos, demasiados, en aquella época y el gobierno tuvo que hacer barrios a marchas forzadas. Eran lugares fantasmagóricos, modernos y muertos al mismo tiempo. Alejados de los centros históricos y de trabajo, rodeados por la nada, sin infraestructuras deportivas, sin bibliotecas, sin médicos ni hospitales, sin tiendas. En español tenemos varias expresiones para indicar dónde se encontraban estas aglomeraciones humanas: la Cochinchina, el quinto pino o quinta puñeta, donde Cristo dio las tres voces... Era un limbo con forma de bloques de cinco plantas sin ascensor para la nueva clase medio-baja urbana. Mi barrio estaba allí, lejos de todos lados. Limitaba al este por un río que casi nunca llevaba (ni lleva) agua; al norte, por el campo, el fin de la civilización; al sur, por una finca abandonada que limitaba con el campo de fútbol, y al oeste, por el Monte Coronado. Otros, los mayores sobre todo, lo llamaban "cerro", como dando a entender que era un monte pequeño y sin importancia, uno más de los que rodean la ciudad de Málaga. Sin embargo, para los niños era un lugar mítico, mágico y enigmático. Cada tarde el sol se ponía tras él y en los días secos de poniente su silueta se erguía sobre las casas como un monstruo amenazador. La estructura plana de piedra que estaba en su cima le daba el aspecto de un sombrero, de un incomprensible resto arqueológico, de la corona de un rey desconocido. Circulaba fervientemente en nuestro barrio (y en otros cercanos) la teoría de que el Monte Coronado era un volcán. Nadie podía quitarnos esa idea de la cabeza. La corroboración llegó el día en que comenzaron los trabajos de explotación de la cantera de piedra caliza. Una empresa se propuso extraerla de la "corona" y para ello tuvieron que llevar a cabo diversas explosiones. Puedo asegurar que una mañana de invierno vi volar unas rocas enormes, como huevos prehistóricos, que saltaron hacia el cielo desde la cima y rodaron por la falda hasta acercarse a las casas. Los setenta fueron en muchas partes del mundo los años del fenómeno O.V.N.I. Revistas, televisiones (bueno, la única televisión que entonces teníamos en España) radios y periódicos se hacían eco de avistamientos, contactos y abducciones, protagonizados por los misteriosos y esquivos visitantes del espacio exterior. Esta leyenda urbana fue profundamente asimilada por todos nosotros y llegamos a la conclusión de que si el Monte Coronado no era un volcán, al menos los más escépticos tenían que reconocer que sin duda era una base extraterrestre. Las luces de la cantera, que se mantenían encendidas durante la noche, lo confirmaban. Pero el monte no era solo un espacio sagrado que observábamos en la distancia. Era también el territorio de arriesgadas expediciones infantiles. Un par de veces alcancé su cima, una hazaña que repetíamos durante semanas en los recreos del colegio o en las larguísimas tardes del verano andaluz. La vista desde allí era espectacular. El barrio a nuestros pies y en la lejanía, la ciudad, con sus tejados marrones y sus chimeneas decimonónicas alrededor de la única torre de la catedral, a la que llaman La Manquita. Y más allá, los barcos, el puerto y la cinta azul (o gris, dependiendo del color del cielo) del mar Mediterráneo. No puedo asegurar que se viera África, pero seguro que alguno creyó verla. En la parte más baja de la falda del monte, justo antes de que empezaran las casas, había un terreno casi llano que albergaba un lago. Más bien debería llamarlo charca. En él solo había ranas, renacuajos y chatarras que la gente tiraba sin ningún tipo de pudor cívico. Los más osados y acalorados osaban bañarse en su turbias aguas, a riesgo de contraer una docena de infecciones de la piel o algo peor. Muchos años después mi profesor (y maestro en el mundo de la literatura y la docencia), Julio Calviño, incluyó en su libro Múltiplos de cero un relato titulado "Macario", nombre del protagonista que, marginado por sus compañeros de instituto, acababa invadiendo las aulas con un ejército de ranas procedentes de esta charca del Monte Coronado. Corría otra historia menos fantástica acerca del monte, la tradición de personas que se ahorcaban en algunos de los olivos o almendros que estaban allí plantados desde tiempos inmemoriales.
Cuando busqué un título para el blog que iba a empezar a escribir, repasé ideas, espacios y personas con los que, de alguna u otra manera, me podría identificar. De pronto lo supe. Me vi a mí mismo en un atardecer de la infancia mirando el perfil familiar e inquietante del Monte Coronado. No cabía duda, yo era un aborigen de esa montaña, a cuya sombra empecé a leer, a vivir, a reír, a pensar, a soñar y a equivocarme.
No, al final no era un volcán (dicen los geólogos que es el fondo de un lago antediluviano). Tampoco era un aeropuerto para platillos volantes, ni el manantial de las ranas vengadoras de Macario, pero es el lugar del que venimos muchas personas, el escenario fantástico de varias generaciones de niños y niñas de barrio, que se resistieron a ser un número más en las estadísticas del crecimiento económico".

3 comentarios:

ElAelito dijo...

¡Joder Ángel, qué bien lo has descrito! Mi barrio, Las Flores, estaba más lejos, pero también crecimos con la hermosa visión de nuestro mítico "Monte Coronao".Saludos

Álvaro Morilla S dijo...

Precioso, no hay otra palabra. Incluso he llegado a sentirme dentro de la historia.
¡Este blog va para favoritos!

Chaerin lee dijo...

wooo me encanta como lo has contado tu historia... yo también recuerdo mucho mi infancia y lo mucho que ha cambiado nuestro monte coronado... yo de la palma... y me encanta pasear a mi perro por el.. recordando toda esa leyenda de que era un volcán... soy algo joven no llegue a conocer la historia de los ovni... ja ja es muy graciosa... gracias he aprendido mucho de su historia y mitos jeee... ahora esta decorado con una enorme cruz