22.1.12

Entre dos luces

Atardeciendo.

Y una foto medio decente de las Pléyades, hecha sin telescopio, con la cámara sobre el trípode.


21.1.12

Venus

Esta tarde ha estado la atmósfera de nuestra parte y nos ha regalado estas puestas de sol con Venus en alto, enfrente de Júpiter, que todavía anda por ahí, con una acumulación de satélites muy extraña que no he podido fotografiar por razones técnicas.




Venus en el telescopio (foto hecha con el móvil)

20.1.12

Los justos


Los Justos 


Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso  ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

16.1.12

Frente al Pacífico

Frente al Pacífico, Montserrat Sanz Yagüe 
(Ediciones Isla del Náufrago, Segovia)
Esta pequeña colección de artículos viene a decir lo mismo que les vengo contando de un tiempo a esta parte: la grandeza, la humildad, la abnegación y el espíritu comunitario del pueblo japonés.  La autora, además, no habla desde la fascinación del turista, ni siquiera desde el elogio de quienes, como yo, vamos y venimos a aquellas islas, sino desde la óptica de quien reside permanentemente desde hace años en calidad de catedrática en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe.
Me sentí irremisiblemente atraído por el contenido del libro al leer sus primeras palabras:
"Imagine un mundo en el que se pudiera dejar la bicicleta sin candado a la puerta de un restaurante en el centro de una gran urbe a la hora más transitada del día y encontrarla en su sitio al salir de comer".  Tras enumerar casi diez o doce situaciones parecidas, aclara:
"...imagínese que todo esto no se hubiera conseguido por medio de una dictadura de férreas leyes contra el crimen, ni con liderazgos religiosos que amenazan con latigazos, mutilaciones o lapidaciones al sorprendido en el delito".
Y acaba el primer artículo:
"Ese lugar existe. Y no sólo en su imaginación.  Bienvenido a mi casa.  Bienvenido a Japón".

15.1.12

Róbame con los ojos

Este verano paseábamos Keisuke y yo por la ciudad de Ise y, al pasar junto a unos pinos perfectamente podados, le pregunté sobre la enseñanza de la jardinería en Japón.  Me contó que no existen ciclos formativos ni escuelas específicas.  La ciencia o el arte se transmiten de manera personalizada y directa, a la manera del zen o de los viejos gremios de la Europa medieval.  El aprendiz acompaña al maestro y simplemente observa.  Al parecer, ni siquiera recibe instrucciones verbales, ni apuntes, ni hay pizarras digitales, ni libros, ni exámenes, ni, por supuesto, adaptaciones curriculares.  El maestro tan solo le dice, en palabras de Keisuke, "róbame con los ojos".
Cuando llegan los fines de semana, los puentes, las vacaciones, las pausas en general, gran parte del profesorado creo que tiene una íntima sensación de que está siendo abducido, succionado, devorado por sus alumnos y alumnas.  Cada vez que cuentas algo en clase dejas algo de ti en la explicación.  Algo de tu voz, algo de tu manera de pensar, de tu ideología, de tus gustos, de tu historia como persona encima de la faz de la tierra.  Y el personal que te mira desde sus bancas lo coge, lo mastica, lo deglute, lo hace suyo y lo convierte en su propio ser.
No ignoro que muchos de estos consumidores son anoréxicos del saber y que cierran sus bocas y sus ojos, como los monos de Nikko, y consideran que ya están satisfechos con lo que tienen (¿para qué quiero saber qué es el suplemento o qué es un aparato de Golgi?).  Es lo que los docentes llamamos, en momentos de impotencia y depresión, echar perlas a los cerdos.
Y a medida que pasa el tiempo, nos vamos desgastando de tanto dar y tanto repetir la donación. De modo que tenemos que seguir nutriéndonos de lecturas, cursos, enfoques y triquiñuelas para sentirnos de nuevo llenos y dispuestos a seguir en el tajo.
Por suerte hay alumnos/-as que nos aportan, en ocasiones, más de lo que les aportamos: un comentario perspicaz, un trabajo voluntario, un examen impecable, una mirada ingenua que destapa rancias convenciones académicas...
Tal que así es la educación: vacías tu bolsa para que siga la vida.

14.1.12

Arashiyama

Arashiyama es una zona situada en los límites occidentales de la ciudad de Kioto.  Se puede llegar en un pintoresco tranvía que se conoce con el nombre de Randem, aunque su nombre oficial es Hankyu Line.  
Allí se encuentran algunos templos, un bosque de bambú y un tren de vapor que circula entre un paisaje de cerezos y arces.  Como era invierno y estaba atardeciendo, pues solo pude visitar una ínfima parte de lo que hay que ver.  En primavera intentaré ir de nuevo y procuraré montarme en ese tren y gastar dos o tres tarjetas de dos gigas fotografiando bambúes.
Aquí van algunas fotos de aquella tarde:

Randem camino de Arashiyama



Jardines del templo zen Tenryuji, Patrimonio de la Humanidad



Anuncio de comidas vegetarianas que ofrece el templo.






Hojas de arce.

Bosque de bambú.



Setas incrustadas en un tronco.

Entrada al edificio principal del templo.

Pino centenario con ramas apoyadas.

Dos maikos (jóvenes geishas), que paseaban haciéndose fotos por la zona.  Japoneses y turistas las perseguían disimuladamente para hacerles fotos a su vez.

Exposición de fotos sobre el tsunami en la estación del tranvía.

Adornos navideños en las misma estación.


En este vídeo se oye a un monje zen rezando y haciendo sonar la campana en Tenryuji.



12.1.12

Españoles por el mundo


Ese programa televisivo (que se ha sido clonado como andaluces por el mundo, asturianos por el mundo, alicantinos por el mundo...) presenta siempre la cara amable y abnegada de nuestros compatriotas que han optado por sacar los pies del tiesto ibérico y buscarse la vida allende los mares, los Pirineos y Ayamonte.
Ahora bien, muchas veces al encontrar españoles por el mundo, la impresión que se tiene es otra.
El pasado día 5 de enero estábamos en una cafetería del centro de Kioto.  Los japoneses conversaban, tomaban té o café (por cierto, en ese establecimiento al vaso más voluminoso lo llaman "grande"), leían libros o correos en sus móviles y tablets.  De pronto apareció una familia española.  Dada la distancia de nuestra querida piel de toro, no se trataba de turistas masivos, de los que abarrotan Disney Paris, Cancún, Londres o Praga.  Se notaba que era gente de una clase social más bien elevada, que vestía bien (o sea, caro) y hablaba inglés con fluidez (o sea, de curso en Essex).  Pues bien, a los pocos momentos, de las cincuenta o sesenta personas que estábamos ya solo se oía  a los españoles.  Ocuparon sus asientos, expandieron su espacio vital con brazos, bolsos, bolsas y chaquetones, hasta casi acogotar a los japoneses y comenzaron a hablar a unos cuantos decibelios por encima de la suma del resto de conversaciones que estaban teniendo lugar en esos momentos.  No era exactamente falta de educación, era más bien, exceso de españolidad, entendida esta como la tendencia innata a hacerse notar casi sin querer, a elevar la voz sin razón aparente, a expandir el yo y el nosotros, a enfatizar la existencia.
Nosotros, por nuestra parte, por supuesto, nos hicimos los suecos.