9.1.12

Amanohashidate (y IV)

Aquí van las últimas fotos de este paraje.





Subiendo en telesilla para observar la otra vista del puente.  Al fondo un pequeño bosque de bambú.

La otra vista.


Bicicleta sobre raíles en el parque de atracciones.


8.1.12

El joven lesionado

Para no ser más pesado con los elogios a Japón, a pesar de que van ya seis veces con esta última que lo visito (el agente de aduanas esta vez me dijo al ver el pasaporte: "You visit very much Japan"), resumo mis impresiones con una imagen, que vale a veces más, a veces menos, que mil palabras.
Un día me asomo al balcón y en los campos de deporte del instituto hay un grupo de estudiantes entrenando.  Dan vueltas en fila como calentamiento (supongo, porque hacía dos o tres grados y estaba punto de nevar).  Van perfectamente uniformados con su trajes blancos y sus gorras azules de béisbol.  Entonces me doy cuenta de que en el centro del campo está en el entrenador o profesor junto a un muchacho con dos muletas.  No hace nada.  Solo va girando conforme sus compañeros dan vueltas al campo.  No entrena.  Está lesionado.  Pero está igual de perfectamente uniformado.  Nada de quedarse en casa.  Nada de sentarse en la grada a contar batallitas de cómo se cayó de la bicicleta o esquiando en Sierra Nevada (es un decir).  Ahí está en el centro del campo, medio digno, medio avergonzado de no poder unirse al grupo.
Sé que las comparaciones son odiosas, pero podrían no serlo tanto. ¿Recuerdan el chiste de los tres españoles que están en el bar (dónde si no) y se encuentra a Jesucristo, que se lía a hacer milagros, y uno de ellos está de baja y le pide que no lo toque? Pues eso.
Aquí van algunas fotos de Kioto.
Puerta de pachinko.

Panorámica de la plaza de la estación de Kioto.

Aeropuerto de Kansai.

Exposición de fotografías sobre el tsunami en Arashiyama.

Casa nevada en los campos de deporte antes mencionados.

Parque del barrio.

Bar de copas soul en el centro de Kioto (Ponto-cho, Gion).

Torre de Kioto.

5.1.12

Teoría de la imperfección

Hay quienes proponen que la imperfección es más preferible que inevitable. Como dijo Quevedo de la muerte, "no hallé donde poner los ojos que no fuera un recuerdo" de la imperfección.  Lo perfecto es lo acabado, lo rematado, lo finiquitado, lo muerto.  Lo imperfecto es lo incompleto, lo continuable, lo mejorable. En Occidente durante muchos siglos, y no sé si movidos por cierto platonismo o aristotelismo cuasipatológicos, hemos querido alcanzar la plenitud, la totalidad, construyendo grandes sistemas de pensamiento, basados en la razón (Hegel, Newton, Kant, Marx, Freud, Einstein), o en la fe (San Agustín, Mahoma, Moisés), que buscaban dar una explicación total y cerrada, perfecta, del mundo, del ser humano y de todo lo que se pusiera por delante.
Dentro del taco de libros en inglés que me esperan en Japón por motivos que ya conté en su momento, estaba este titulado Wabi-sabi for Artists, Designers, Poets & Philosophers, de Leonard Koren (Imperfect Publishing, Point Reyes, USA, 2008).  Es un pequeño manual para iniciarse en ese doble concepto tan japonés.  Wabi-sabi son dos palabras que al final vinieron a converger en una sola idea poliédrica: rudo, deteriorado, no elegante, solitario, asocial, incompleto, no pretencioso, orgánico, imperfecto...
Dice Koren que ningún japonés sabrá definirlo con exactitud, en parte por la tendencia de la lengua y el pensamiento japoneses a huir de lo abstracto.  Las grandes cosas se sienten y lo llaman harago. Es wabi-sabi, por ejemplo un vaso para tomar té asimétrico, poroso, irregular y de coloración indefinida (1).   Es wabi-sabi una llave oxidada, una escultura inacabada, una alusión, una pincelada sugerente, algo puesto tras un cristal traslúcido...
El libro entra en detalles y desmenuza la idea acercándola a la ética zen y a la ceremonia del té que instituyó Sen no Rikyu en el siglo XVI. Kenko Yoshida también aportó muchas ideas wabi-sabi en el ya comentado Tsurezuregusa.

1) La primera vez que vine a Japón observé asombrado a muchas personas que admiraban religiosamente los objetos de cerámica wabi-sabi que se exponían en el Museo Nacional de Tokio.  En aquellos momentos fue una más de las sorpresas que me iba deparando el país y no le presté demasiada atención.

4.1.12

Serendipia espectacular

Acabo de llegar de una cena en la que se ha dado una de las mayores y más graciosas serendipias que imaginarse pueda cabeza humana.  Ha sido en un restaurante espectacular del centro de Kioto y los comensales éramos, servidor aparte, la corresponsal en esta ciudad, el profesor Bando y el profesor Yamazaki.  Este último se caracteriza por varias cosas a cuál más interesante.  La primera es que es el autor de un libro (puede que el único) de refranes japoneses traducidos al español (Refranero japonés).  La segunda, que es un gran contador de chistes en español. La tercera es que vivió en España en los años setenta como estudiante de lutier y guitarrista flamenco, de lo que luego fue profesor aquí en Japón. En aquellos tiempos trabó amistad con Sabicas y Paco de Lucía entre otros. Y la cuarta es que fue el profesor de yudo (del que es cinturón negro) de, atención, José Luis López Vázquez en la memorable cinta titulada Cuidado con las señoras.  A partir del minuto 44:14 de este enlace de Youtube pueden admirar los gritos y la paliza que le pega a nuestro ínclito actor:
http://www.youtube.com/watch?v=h3JuhdjHp_k

3.1.12

Amanohashidate III

Tapa de alcantarilla de Amanohashidate.

Vendedor de pescado seco y/o asado

Entrada a santuario sintoísta

Nieve y grava.

Bambú en la nieve.

Toriis


Pulpos secos y aplastados.

Y el famoso puente



Y la gente haciendo el rito de verlo invertido.

2.1.12

Amanohashidate II

Más fotos de este lugar, todas hechas con el móvil porque la Pentax está en el hospitalillo.






Curioso contraste de arena y nieve en la playa.

No seré yo el que use esa ducha.




1.1.12

Amanohashidate I

Este cinturón de arena y pinos está considerado, junto con Matsushima y Miyayima, una de las tres bellezas naturales de Japón.  Está a unas horas en tren al norte de Kioto, a orillas del mar de Japón. El puente, como lo llaman, separa una bahía del mar abierto, pero existe un canal que permite la renovación del agua y que mantiene el paisaje.  Es tradición subir a las dos montañas que están en los extremos del puente para admirar la vista y ponerse bocabajo para verlo al revés.  En esta extraña postura parece que el cielo es el mar y el mar es el cielo.  El viaje se vio adornado por una fuerte nevada que cayó antes de que llegáramos.

Desde el tren se pueden ver árboles de caquis rojos que contrastan con el blanco de la nieve.


Montón de nieve impidiendo la salida de la estación de Amanohashidate.

Las aceras estaban casi anuladas por la nieve.

Las tres bellezas paisajísticas de Japón

Uno de los pocos arces que me han esperado

Abanicos en los pinos del tempos Chionji de Amanohashidate.
Vista desde el hotel.

León del mismo templo con sombrero de nieve.

Monje entre montones de nieve.