13.5.11

Impotencia sísmica hispánica


Al final se ha corroborado (por suerte parcialmente) lo que casi todo el mundo vaticinaba: "Si lo de Japón pasara en España, sería un desastre". En efecto, un terremoto de la mitad de intensidad que los de hace dos meses ha causado 9 muertos en una zona de baja densidad de población, comparada con Tokio.
Pero esto ya nos lo veíamos venir. Que se caigan cornisas, paredes, espadañas y edificios enteros sólo ha extrañado a los japoneses, que preguntaban hace unos días a la profesora española de Kioto por qué pasaba esto con solo 5,2 en la escala Richter.
Lo malo es que ayer en un programa de televisión se convocó a grandes sabios de la geología y la construcción españoles y me quedé pasmado con las declaraciones de este último.
Ante la pregunta del presentador acerca de la legislación sobre construcción antisísmica en España, este señor (de cuyo nombre...) dijo que casi toda iba referida a la sustentación de los edificios y que no se podía regular nada sobre el resto. En España, dijo, trabajan muchos profesionales que hacen sus cosas cada uno como le viene en gana: usan los materiales que les parece, los pegan con los productos que les venden o les salen de la punta del talonario... (nota: hace unos meses a un compañero de mi centro le cayó una pieza de mármol mientras se duchaba y le causó una herida de diez o doce puntos en la cabeza). De modo que la legislación sólo dice que los muros, escaleras y demás elementos no sustentantes tienen que estar "bien hechos", sea eso lo que sea y se entienda como se quiera entender.
A continuación el periodista le preguntó si se podría aprender algo de Japón, donde terremotos mucho más fuertes no causan tantos daños. Y aquí ya fue cuando me dio. El especialista contó que en Japón se gastaba más dinero en seguridad. Ahí es nada. O sea, que todo se reduce al problema de querer hacer las cosas bien invirtiendo en formación y en materiales adecuados. Para poner la guinda también argumentó que en Japón los edificios son más ligeros para que, en caso de derrumbarse, haya un menor número de víctimas. Y me volvió a dar. La idea de un Japón de casas de papel y madera, tipo El último samurái o Madame Butterfly no se la traga nada más que alguien que nunca haya ido a Japón y/o siga pensando que aquello está plagado de ninjas, katanas y pescado crudo. ¿Acaso parecían de papel los rascacielos que se cimbreaban hace dos meses? El edificio donde vive la profesora española de Kioto es una estructura de acero y hormigón de once plantas, al igual que lo es la sede de la Universidad y otros miles de edificios que he visto a lo largo y ancho de todo aquel país.
Moraleja: si un catedrático dice estas simplezas e incongruencias y se queda tan tranquilo, qué podemos esperar del resto de los españolitos y españolitas.
Que Gea nos coja confesados.

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Ahí van unos enlaces en los que se ven edificios "ligeros" de Tokio.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Y lo malo de todo es que en España hay especialistas en la construcción que quieren y saben hacer las cosas bien y no los contratan por ello. Lo mismo ocurre en otros terrenos profesionales.

Anónimo dijo...

Recuerda también que: "La magnitud Richter se calcula mediante una expresión matemática. Debido a su carácter logarítmico. Así, un sismo de magnitud 7 será diez veces más fuerte que un evento de magnitud 6, y cien veces más fuerte que uno de magnitud 5."
Imagina.

Ángel L. Montilla Martos dijo...

Los logaritmos y yo nunca nos hemos llevado bien desde que los conocí hace años. No obstante, muchas gracias por la matización, anónimo/-a.

Anónimo dijo...

Llevas más razón que un santo... Y como dijo el del chiste, de la humedad hablamos otro día. Nada vamos a decir de cómo se construyen aquí los edificios en cuanto a confortabilidad, tamaño, etc, porque cualquiera tiene de eso experiencia sobrada, pero es que en este tema de la falta de prevención antisísmica estamos hablando de negligencia criminal, como se comprobaría si ocurriera algo mínimamente parecido a lo de Japón. Y encima nos toman una vez más por imbéciles.
Saludos indignados desde el otro lado del arroyo.