28.2.12

Paseo por Arashiyama

Esta entrada es como una segunda parte de la que publiqué en Navidad. Estas son las fotos del móvil.  Las de la cámara todavía no las he descargado.  Amenazo con colocarlas otro día.

Salón de té con ventanales al bambudal.


Paseo entre bambúes.


 Una argentina (suponemos) dejó esta nota en un cartel del camino qne el que avisaba a una amiga para que la esperara.

Creemos que en este cartel se pide que devuelvan un IPhone 4 que se ha perdido. Lo investigaremos.


Anochecer en Arashiyama.


Menú del restaurante en el que cenamos, ya por aquí en el barrio.


Yakimo

`Yakimo´ es `batata´ en japonés.  Anoche volviendo de cenar en medio de una nieve escasa encontramos al fantasmal vendedor de batatas.  He aquí el vídeo de la transacción comercial que realizamos con él.


26.2.12

Pre-Japón

No hace falta pasar el control de aduanas y salir verdaderamente a Japón para poder apreciar la servicialidad y eficacia de este pueblo.  Por la ventanilla del 777 ya vi en la pista una fila de contenedores para las maletas perfectamente alineados, esperando que el avión se detuviera para empezar a descargar.  No había sacado el bolso del compartimento superior cuando ya se oía el traqueteo del equipaje.  Por supuesto que cuando llegué a la cinta ya estaban las maletas dando vueltas desde hacía un rato.  Salió la primera, pero la segunda se hacía esperar.  Entonces veo que una muchacha de uniforme se acerca hacia mí con un folio en el que iba escrito mi nombre.  Me identifico y me dice en inglés que ha habido un problema con mi segunda maleta.  Me pregunta si llevo botellas.  Le digo que sí y me temo lo peor.  En efecto, habían separado la maleta y estaba rodeada de toallas.  Era como un asesinato de Rioja. Una botella de crianza se había roto y había armado un estropicio espectacular entre las cosas.  La muchacha estaba nerviosísima y no paraba de traerme toallas, como queriendo parar una hemorragia de vergüenza ajena.  Porque no había ningún dato para pensar que la botella se había roto en Osaka y no en París o en Málaga.  Parecía que ella era la culpable y no paraba de disculparse.  Me trajo más toallas, y bolsas y más toallas y más bolsas.  Recompuse como pude el panorama y salí camino de los aduaneros, los cuales, al ver la que se había liado, ni me pidieron que la abriera ni nada.  Bastante tenía ya con el olor a taberna que iba a dejar desde el aeropuerto a Kioto.
A la corresponsal que fue a esperarme también le pasó una anécdota con los billetes de ida y vuelta del tren.  Ella se equivocó, pero ellos lo arreglaron con una sonrisa y encima no tuvo que pagar nada de más.
Ni viéndolo cientos de veces termino de acostumbrarme.

24.2.12

El delgado hilo de seda

Unas horas antes de partir de nuevo hacia oriente, quiero reseñar el último libro que he leído.  Se titula Religions of the Silk Road y su autor es Richard Foltz.  Se trata de un repaso de diverso interés a todas las religiones que pulularon por la famosa ruta de la seda, que unía China con Persia y Persia con Bizancio y Roma...  Hay muchísimos datos de interés acerca de la mezcolanza y la convivencia de judaísmo, cristianismo nestoriano, cristianismo occidental, budismo, taoísmo, islam, zoroastrismo y maniqueísmo.  Folks insiste mucho en la multiplicidad, en la hibridación, que hacía que a veces se tuvieran por cristianos a los maniqueos o que se confundieran taoístas con budistas o a éstos con cristianos.  Habla también de la permisividad mongola, a la manera romana, que permitía a cada etnia practicar su raza, y del interés de algunas dinastías chinas por todo lo exótico y occidental.
Resulta un panorama muy interesante, que disuelve las fronteras dogmáticas y que, como dice el autor en el último capítulo, nos puede servir de modelo en este mundo nuestro glogalizado.
Se puede decir, y permítaseme el chiste, que, salvo raras excepciones, las relaciones interreligiosas en la ruta de la seda iban como la seda.
Ese hilo de caminos, con sus comerciantes, sus monjes, sus embajadores papales y sus sabios itinerantes es el que voy a seguir desde el cielo dentro de un rato.  Aunque quizá al comandante de Air France le dé por subirse al Ártico por aquello de que la Tierra por arriba es más estrecha, como buena esfera, más o menos achatada, que es.

Recital

El miércoles 22 o de ceniza tuvo lugar en el I.E.S. Romero Esteo un recital basado en los textos poéticos que escribe un servidor de ustedes.  Conté, como ya pasó en la presentación de A estas alturas, con la inestimable colaboración de Susana Fernández, Monti Cruz, José Miguel Ruiz, Eduardo Retamero y Emilio Lobato.  Este último se dedicó unos cuantos minutos a piropearme sin fundamento, pero no quise llevarle la contraria demasiado, pues iba a quedar mal.  Luego empezó el recital propiamente dicho y se inauguró con la lectura de "Consejo vital", a cargo de Antonio Aguilar.  Como le dije al público, aquello fue una demostración más de que los demás leen mucho mejor los poemas que uno mismo escribe. Fue un momento intenso en el que me puso a la altura (guiño subliminar) nada menos de que Antonio Machado y César Vallejo.  Los cantantes y cantantas estuvieron sembrados, los instrumentistas también y el público correctísimo y colaborador. Los asistentes siguieron mis palabras en un cuadernillo magnífico que elaboró el también saxofonista Emilio Lobato, hombre del Renacimiento donde los haya.  Al final, hasta me atreví a puntear en una canción con el ukelele (cosas de aficionados).
Todo fue rematado por un chocolate con churros, gentileza de la dirección del centro.
Me encantó la pantalla informativa que había en el hall, en la que se mezclaba poesía y manutención.

20.2.12

Queridos lectores

Apenas sé nada de ustedes.  Los escritores de blogs o blogueros no hacemos estudios de mercado, ni recibimos encargos para escribir novelas pre-premiadas.  Tampoco cobramos; yo al menos no, aunque los hay que colocan publicidad para sacar unos cuartos.  La única que tengo es de mis libros (a eso he venido yo aquí, que dijo aquel malhumorado novelista) y de la asociación de Paraparesia Espástica Familiar, a la que pertenece, valga la redundancia, un familiar mío.  No descarto en un futuro cada vez más recortado completar mi estipendio con publicidad de restaurantes de sushi.  Así que nos parecemos más a los perroflautas, a los mimos estatuarios y a los violinistas ucranianos que tocan delante de Zara o del Mercadona.  O peor, porque en verdad nadie nos obliga a escribir nada.  Lo hacemos por amor.  Por amor en general.  No por amor al arte, que se ha convertido en un negocio disparatado de subastas inverosímiles.  Lo hacemos por...  Bueno, déjenme dos o tres años para pensarlo.
A veces me asomo a unas gráficas que proporciona la empresa en la que está alojado este blog y veo que residen ustedes en Estados y el Reino Unidos, en Francia, en México, Argentina, Perú, Colombia, Italia, Alemania, Japón, Rusia...  También sé que usan más Explorer que Mozilla y que Chrome; que son más de Windows que de Mac; que buscan cosas en Google sobre Hokusai o sobre la campana de Gauss y se topan con estas entradas mías, en el doble sentido de la palabra.
A unos pocos y pocas los conozco.  Son gente de bien, antiguos y viejos amigos, compañeros de fatigas, familiares ociosos, comentadores de Ocaña, corresponsales en Oriente...
Pero eso es todo.  Sé que entran unos setenta de ustedes diariamente, que husmean, picotean, se sacian y se van a picotear y husmear a otras e-partes.
Nada más.  Pocos comentan, salvo el comentador, la corresponsal y los seguidores de Facebook.
Hay entradas que tienen más éxito que otras, ya sea por razones sentimentales (de ustedes) o por estar más cargadas del wasabi del sarcasmo.  Lo ignoro.
De cualquier manera, gracias a todos por estar ahí aguantando las salidas de tono, las redundancias, la niponfilia recalcitrante, las fotos movidas del telescopio, las pedanterías intelectualoides, los chistes con más o menos gracia y lo demás.
En ocasiones me gustaría que fueran más visibles, más activos y respondones, pero bueno, ustedes son así y a estas alturas ya no van a cambiar. ¿Qué más les puedo pedir? Virgencita, quedémonos como estamos.

17.2.12

La tiza

Muchas veces los compañeros de trabajo nos advertimos unos a otros con la redundante y solidaria frase: "Te has manchado de tiza".  Esas manchas blancas que nos delatan como docentes en el supermercado son como las rojas del torero valiente, que se arrima y al que le pasa el toro rozando la taleguilla. El profesor manchado de tiza demuestra que se mete en harina, que está a pie de pizarra, en ese espacio casi teatral al que tanto temen casi todos los alumnos.  La orden "Rodríguez, salga usted a la pizarra" hace estresarse a Rodríguez y relajarse momentáneamente al resto.
Contrariamente a la pizarra, la tiza siempre ha sido un objeto querido por los alumnos, ya sea como proyectil improvisado o como pincel monocromo.  Lo mismo le pasa a su compañero el borrador, que igual sirve para jugar al hockey polvoriento, que para escribir por las paredes el nombre de la chica o el chico amados, con píxeles enormes y rectangulares.
Pero corren malos tiempos para la tiza.  Hace años sufrieron el embate de los rotuladores y de las pizarras blancas.  Resistieron.  La tiza necesita de una presión y una lentitud artesanales que la velocidad del rotulador no da, lo que provoca una caligrafía acelerada y descuidada que a muchos no nos agrada demasiado.  La tiza hay que saber usarla.  Muchos alumnos la cogen como un lápiz y provocan un rechinar que pone los pelos de punta a toda la clase.
Y ahora está siendo atacada por las nuevas tecnologías.  Las pizarras digitales en las que se puede escribir, proyectar, oír, navegar...  son un artefacto muy útil, pero extraño, a medio camino entre una veleda y una farola.  Reivindico que, en homenaje a tantos años de servicio, ese bolígrafo digital que traen para escribir en ellas sea llamado tiza digital, e-tiza o tiza a secas, como la pluma estilográfica se llama ahora pluma a pesar de que no haya sido arrancada de las alas de ningún cuervo.
Casi se me olvidaba comentar el uso más placentero de la tiza: perderse cinco o diez minutos de clase para ir a por ella.  Qué paz, qué sensación de libertad e ingravidez tiene el delegado cuando sale del aula y deambula por los pasillos vacíos y silenciosos, como un astronauta en un paseo espacial.  Y con un poco de suerte se encuentra con esa chica tan guapa de la clase de al lado, a la que nunca se atreve a hablar, pero que el destino ha colocado junto a él en el camino de la conserjería, de la vida.

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