18.9.08

Aclaración sobre la foto de la cabecera

No la he hecho yo. Es un "préstamo" de la red. Para ser más exactos, ni siquiera vimos el Fuji. En verano hay una humedad grandísima (con esporádicas lluvias) y sólo una tarde desde un rascacielos de Tokyo (Roppongi Hills) atisbamos la punta grisácea del volcán sagrado por encima de un manto gigantesco de nubes. Era casi como un bonsái, hayku o metonimia de la enorme mole que se puede ver en primavera o invierno.
En todos los viajes hay que dejarse algo por ver. Así se tiene una excusa para volver.

17.9.08

Un metachiste

Entran en un bar un inglés, un francés, un español y un alemán y va y dice el camarero:
--Anda, si parece un chiste.

11.9.08

Lo único que no me ha gustado de Japón...

...han sido los miles de cables eléctricos que están al aire en todas las calles y que dan un aspecto de país tercermundista. Me apuesto algo que esa manera de colocarlos es más segura que la nuestra (que los tenemos bajo tierra, junto a las tuberías de agua, o pegados a las paredes de nuestros dormitorios) y que estará relacionada con los incendios y/o terremotos.

9.9.08

La dos plagas de Japón

No, no son los móviles, ni los niños góticos, ni los ejecutivos aburridos de Ginza.
Las dos plagas de Japón son los mosquitos en verano y los españoles. Los primeros son fácilmente combatibles con unas mangas largas y un repelente. Los segundos son peores. Te pueden estropear cualquier templo o cualquier restaurante de sushi con cuatro voces, cuatro comentarios pseudograciosos y cuatro imbecilidades ibéricas. Una vergüenza. Hubo ratos en los que simulé que era francés o americano para que no me dirigieran la palabra.

6.9.08

Comparación odiosa

Esta tarde he estado en un supermercado. Los empleados/-as están en cualquier esquina murmurando de la jefa/-e, de la compañera que está de baja falsa, del escaqueador… A uno le da no sé qué interrumpir tan animada reunión para preguntar dónde están los huevos o el salchichón de pavo. El cajero que me atendía estaba de cháchara con su compañera de la caja de al lado. Discutían sobre el sabor más o menos ácido de un chicle que acababan de pasar de un lado a otro, por encima de mis manzanas y mi pan de molde. Yo parecía no existir. Lo único que me dijo fue el total de la cuenta. Los clientes somos transparentes.
Esta situación en Japón es absolutamente impensable. Al llegar a un supermercado, por pequeño o grande que sea, los empleados dan la bienvenida y están atentos al más mínimo problema que tengas. Cuando vas a pagar muchas veces hay dos en la caja: uno para pasar el escáner y cobrar y otro para ir metiendo los productos en la bolsa. Luego te dan las gracias mirándote a los ojos e inclinando levemente sus trabajadoras espaldas. No importa el barrio, la ciudad, la hora o la cadena de supermercados, en todos te tratan igual de consideradamente.
Aquí se olvida que el cliente no sólo tiene siempre la razón, sino la potestad de irse a otro sitio (si es que existe), donde lo traten al menos como a una persona, no como a un impedimento para las relaciones amistosas entre los empleados/-as.

4.9.08

Libro recomendado

Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami.
Leída entre metros, templos zen y sashimi, esta novela me ha atrapado y no me ha decepcionado al final como Kafka en la orilla. Como siempre, historias intensas, muy humanas. Murakami en su salsa.

2.9.08

Postales que nunca llegarán

Cuando se está tanto tiempo en un país, primero se aplaza la compra de postales, luego se olvida porque la implicación con el lugar llega a ser tan grande que acaba uno olvidando que estaba de viaje.
Sirva esto como disculpa para aquellos que esperaban una postal del Fuji con el tren bala (Shinkansen) corriendo entre verdes campos de arroz. A cambio acepten esta foto de los arces que empezaban enrojecer a finales de agosto en Kioto.